Las personas miramos el mundo a través de nuestros ojos, de nuestras experiencias y percepciones y, cómo no, con nuestras propias herramientas, nuestras cualidades y nuestros defectos.

Tendemos a pensar que lo que nosotros pensamos es lo que hay que pensar, que lo que nosotros hacemos, es lo que hay que hacer y que lo que nosotros decimos, es lo que hay que decir. Y si que tenemos muchas cosas en común y nos parecemos unos a otras. Pero no hay una manera adecuada de pensar, hacer y decir que nos valga a todos. Eso significaría que todos tenemos el mismo temperamento y el mismo carácter. Y eso no es cierto.

¿Si Messi o Cristiano Ronaldo te explicaran cómo se regatea lo sabrías hacer igual que ellos? probablemente no, porque te faltan las herramientas que ellos poseen, sus habilidades.

Pues cuando aconsejamos o nos aconsejan pasa lo mismo. Aconsejamos en función de nuestra propia realidad y de lo que consideramos bueno o malo, pero esa realidad no tiene por qué ser la misma que la de la otra persona.
Si queremos aconsejar podemos hacerlo poniéndonos a nosotros como ejemplo ante adversidades que hemos superado, podemos explicar a quien nos oye nuestro propio proceso, pero lo que no podemos hacer es intentar que alguien siga nuestros pasos y, menos aun, enfadarnos cuando no lo hagan. Nuestros pasos son solo nuestros y cuando caminas en una dirección son tus piernas las que te llevan, no puedes coger las piernas de otro para caminar por tu camino.

Ante la temible pregunta del “tú qué harías”, la sincera respuesta de “lo importante es lo que quieres y puedes hacer tú”.

Vani G. Leal

Psicóloga.

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